Arthur C. Clarke, ese genio.
2 de Abril, 2008
Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creÃa que el espacio no podÃa alterar la fe; y lo creÃa al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.
Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un sÃmbolo vacuo.
No he hablado con nadie todavÃa, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografÃas que llevamos de regreso a la Tierra. Otros cientÃficos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los dÃas pasados.
La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironÃa. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de este arma definitiva usándola contra mÃ; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. Era divertido tener a un jesuita de Primer AstrofÃsico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habÃamos molestado en corregir.
-Bueno, padre -acababa diciendo al final-. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender. -Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrÃan del otro lado del plástico de la escotilla de observación.
En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertÃa a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artÃculos en el Diario AstrofÃsico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden habÃa conseguido no poca fama por sus trabajos cientÃficos. PodÃamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habÃamos hecho aportes a la astronomÃa y la geofÃsica que no podÃan ni siquiera evaluarse.
¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix?
Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.
No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecÃa, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equÃvoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magnÃficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la VÃa Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.
O lo que queda de esa estrella…
Mientras se alza por encima de las lÃneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mÃ. ¿Qué habrÃas hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño mundo que era todo el universo que tú conociste? ¿HabrÃa triunfado tu fe en la prueba, como la mÃa ha fallado ante ella?
Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismÃsimas fronteras del universo explorado. Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. DesearÃa liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.
Las palabras son transparentes en tu libro de reglas. AD MAIOREM DEI GLORIAM, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿HabrÃas seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?
Por supuesto, sabÃamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o dÃas su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.
Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.
Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del dÃa. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.
Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habÃan precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habÃan estallado tres mil años antes y que se encontraban todavÃa en expansión. El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores irrumpieron hacia arriba con velocidad tal que habÃan salido por completo de su campo de gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.
Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecÃan la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que habÃa detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavÃa metralla.
La inmensa escala de la explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardarÃa décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.
HabÃamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que tenÃamos al frente. HabÃa sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero habÃa despilfarrado en pocas horas la energÃa que habrÃa mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.
Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno hubo antes de la explosión se habrÃa convertido en ráfagas de vapor y su sustancia se habrÃa confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. TenÃa que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo habÃa salvado del destino que sin duda habÃan seguido todos sus compañeros.
Los fuegos de la explosión habÃan afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus dÃas lo habrÃa cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.
Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que habrÃamos hecho nosotros. La señal monolÃtica que se erguÃa sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografÃas desde lejos supimos que aquello habÃa sido obra de la inteligencia. Poco después detectamos la capa de radiactividad que habÃa quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habrÃa permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.
El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecÃa un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no tenÃamos las herramientas apropiadas para el caso. Nuestro programa original fue dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podÃa tener un sentido. Una civilización que supo cercana su muerte habÃa alzado su último adiós a la inmortalidad.
HabrÃamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo para prepararla, ya que el sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que quisieron preservar, todos los frutos de su genio, lo llevaron hasta aquel mundo distante en los dÃas que precedieron al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.
¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! PodÃan viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavÃa no habÃan aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.
Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Dejaron miles de registros visuales y máquinas para proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difÃcil deducir su lenguaje escrito. Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera, en seis mil años, la calidez y hermosura de una civilización que tuvo que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habÃan dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habÃan sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavÃa una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.
Y hundiéndose en el horizonte, todavÃa cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habrÃa de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.
Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habrÃamos conmovido tanto. Muchos habÃamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habÃan afectado tan profundamente.
La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habÃan hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes… ¿cómo podÃa conciliarse ello con la misericordia de Dios?
Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrÃas hecho mejor, Padre Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habÃan sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.
Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.
No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase asà estarÃa sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia peligrosamente próxima a la blasfemia el decir lo que puede y no puede hacer.
A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podrÃa haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.
Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se habÃa producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.
Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo… Señor, habÃa tantas estrellas que pudiste haber usado…
¿Qué necesidad habÃa de llevar a aquellas gentes a la destrucción y que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén?
He leido mucho en la blogosfera, ya que me resultaba realmente curioso qué se dirÃa de este genio, uno de mis genios favoritos (¿iba antes o después de Carl Sagan?). Un auténtico personaje, uno de los personajes que va un paso más allá que el resto de la humanidad. Y mira por donde, la despedida más bonita, un simple relato de su relato “La Estrella” lo he encontrado en Escolar. Muy acertado Nacho.
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Esta entrada fue publicada el Miércoles, 2 de Abril de 2008 a las 11:32 pm y está clasificada bajo: Actualidad. Puede hacer un seguimiento de los comentarios de esta entrada gracias al feed RSS 2.0. Puede dejar un comentario, o enviar un trackback desde su sitio.







